Pan creas

Ha muerto un amigo mío. En menos de dos meses lo liquidó un cáncer en el páncreas. Lo redujo hasta convertirlo en polvo.
Cuando me dieron la noticia sobre su enfermedad me dijeron: “El páncreas no se puede operar. Se nos muere” y me quedé pensando en ese “se nos muere” como refiriéndose a una parte nuestra también. Como yo ni siquiera sé en qué lugar del cuerpo se ubica el páncreas y no conozco su forma y menos aún la función que cumple, me sorprendió la cantidad de gente que sabía que “el páncreas no se puede operar”. “No tiene salvación” dijeron todos, con cierta especie de oscuro orgullo por tener una opinión tan sólida y devastadora sobre algo que amaban.
Y estaban en lo cierto.
Una semana antes de su muerte, fui a visitarlo al hospital. Le llevé un libro de Oski, “La vera historia del deporte” con una dedicatoria demasiado ingeniosa, pensando más en mí que en él.
Averigué el número de su habitación y entré. Estaba dormido y tan flaco y pálido… Dejé el libro sobre su mesa de luz y mientras miraba extasiado lo que había quedado del cuerpo de mi amigo, escuché un gemido que venía del otro lado de la cortina azul que dividía la habitación en dos. Me asomé y ví a un anciano en sus últimos días, tratando de bajar de su cama. Nos miramos a los ojos durante unos segundos. Me ví en él. Levantó su brazo derecho con enorme dificultad, pidiéndome ayuda, supongo. Di media vuelta y huí del lugar, dejando todo como estaba.
Al fin, como se esperaba, mi amigo murió.
El velatorio no se realizó en una casa mortuoria como suele acostumbrarse sino en un aula de la Universidad donde era profesor, en una especie de homenaje, de tal manera que por los pasillos deambulaba gente que se sorprendía con la escena. Al ver el cajón preguntaban quién había muerto. Se les respondía que se había muerto tal y cual. Y quién fue? volvían a preguntar muchos de ellos.
Lo velaron a cajón cerrado. Como es habitual, hubo chistes y alguna conversación sobre fútbol. Gente que no se veía hacía mucho tiempo intercambiaba información de último momento sobre sus vidas y sus proyectos y algún recuerdo sobre él.
Es difícil mantener la tensión y el nivel de angustia por muchas horas y si bien la excusa de que nuestro amigo había sido un “jodón de aquellos” venía muy bien para justificarse, había en el ambiente una ridícula y torpe ausencia de cierto contenido trágico.
Pensé en los chicos que juegan a las escondidas y creen que por cerrar los ojos y no mirar a su perseguidor simplemente desaparecen, son invisibles, intocables, no existen.
Su hijo menor, de unos ocho años, se acercó al cajón con un amiguito y pude escuchar que le informaba: “Ahí adentro está mi papá” y me llené de pena. Su hija mayor vagaba por allí y parecía aburrida, como en una reunión de gente mayor un sábado por la noche y de la que no pudiese escapar, o tal vez era sólo instintiva y decantada sabiduría. Algunos amigos hacían lo imposible para que las que habían sido sus mujeres, cada una por su lado, estuviesen siempre rodeadas más o menos por la misma cantidad de gente.
A la mañana muy temprano unos hombres de negro vinieron a soldar el cajón. Todos nos apartamos pudorosamente y los observamos de reojo, iluminados por la llama azulada. Qué laburo de mierda dijo alguien.
Unos minutos más tarde esos mismos hombres volvieron para retirar las flores y las coronas. Cuando, en silencio y con gestos medidos y estudiados dieron la orden, los amigos más directos ocuparon sus lugares alrededor del ataúd y lo levantaron por sus manijas doradas. Mientras se ponía en marcha el cortejo, alguien cantó una canción.
Lo cremaron a la mañana siguiente.
Sus cenizas serían esparcidas en el mar esa misma noche. No fui. No tenía ganas de participar de esa ceremonia.
Me contaron que se tomó vino en su memoria, que alguien volvió a cantar una canción y que finalmente se vació el contenido de la pequeña urna.
Eso fue todo.

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